«Regocijaos en el Señor siempre» (Fil. 4:4). La adoración desvía la mirada del problema inminente y la fija en la soberanía inmutable de Dios.
«Sean conocidas vuestras peticiones» (Fil. 4:6). Presentar necesidades concretas al Padre sin máscaras devocionales ni generalidades vacías.
«Echando toda vuestra ansiedad sobre Él» (1 Pe. 5:7). Renunciar activamente a la pretensión de controlar aquello que solo Dios gobierna.
«En esto pensad» (Fil. 4:8). Disciplinar la mente para habitar deliberadamente en la verdad, lo honesto, lo justo y lo puro.